El barrio piloto

Por Paula Barquet

La Cuenca Casavalle es de los sitios más pobres del país aunque allí abundan los planes oficiales, las ayudas de ONG y los recursos destinados a combatir sus problemas.

Casavalle no recibe a sus visitantes a los tiros, pero casi. Las miradas disparan quién sos, qué hacés acá. Los silencios son duros. La tristeza se huele casi tanto como las toxinas que desprende la basura quemada.

Detrás de la polvareda que levanta un auto se llegan a dibujar unos pies descalzos entreverados en una pelota de fútbol, las ruedas de un carro estacionado, un pequeñito a punto de llorar.

Viviendas precarias de bloque, chapa y cartón, casas deteriorados por el abandono y varios complejos de viviendas componen el paisaje. Cada dos cuadras hay un "barrio" que ha intentado huir del estigma Casavalle: Brasil, Natal, Municipal, INVE, Tres Palmas, Santa María, Los Palomares, Las Sendas, Padre Cacho.

También integran la Cuenca Casavalle (en torno al arroyo Miguelete) barrios más antiguos como Plácido Ellauri, Jardines del Borro y Bonomi, y generalmente se consideran parte Las Acacias, 40 Semanas, Manga, Aires Puros y Piedras Blancas. Muchos son asentamientos irregulares o en proceso de regularización. Todos se sienten distintos y aunque hay pequeñas diferencias, la homogeneidad del paisaje se impone.

Dicen que en la cañada Matilde Pacheco, entre los desechos, nadan nutrias, tortugas y garzas blancas. Dicen, también, que la zona era hogar de adinerados dueños de casa quintas y mansiones. Algunos escombros todavía lo atestiguan, pero cuesta creerlo. A ellos les cuesta creerlo.

Por sus espacios amplios se fue volviendo el terreno perfecto para realojar gente o volver a empezar. Se fueron ensayando diversas soluciones que iban a ser transitorias pero todavía están. Se construyó lo que no sirvió y sobre eso que ya no servía se reconstruyó. Y aun sin que funcionara se fue agrandando la casa por un hijo más, un nieto más.

Se convirtió en el ratón de laboratorio del gobierno de turno. Barrio de "experimentos", "banco de prueba", "depósito", han definido autoridades y académicos (ver recuadro). Lo cierto es que allí las promesas adquieren proliferan, los proyectos quedan por la mitad, y en el medio de todo eso la población de la Cuenca Casavalle crece quizá más que en cualquier otro punto capitalino.

Pasaron más de 50 años desde las primeras políticas sociales o habitacionales y hay gente que sigue intentándolo. Vienen del interior pensando que cualquier rincón de Montevideo será más auspicioso que su realidad. Están un año y se vuelven. Lo saben las maestras que otorgan el pase cuando terminan los cursos.

Hay gente que no se frustra, trabaja 16 horas, ofrece cortar el pasto, pintar una reja, apuntalar un mueble viejo. Gente que se toma dos ómnibus, se viste con ropa prestada y atiende en los shoppings con su mejor sonrisa. Muchos militares, policías, clasificadores y empleadas domésticas. Otros, los que siempre son "los menos" y sin embargo se ganan el protagonismo en el imaginario colectivo, para no ceder ante la frustración de no tener lo que pretenden, roban, consumen, matan, fugan, vuelven a robar.

Pero el perfil más típico del vecino de Casavalle es, según pudo trazar Qué Pasa con algunos de ellos, el que se resigna y se conforma con poco. Ya no se preocupa en tirar la basura donde debe, no mantiene su casa cuidada ni pelea por la vereda que le corresponde. Es el vecino ganado por la desidia. Está harto, le basta con vivir.

Ese es el Casavalle en el que organismos públicos y privados invierten varios millones de dólares al año en intervenciones, proyectos, obras, consejos, mesas de coordinación, redes, oficinas.

En esa misma zona gris -no roja-, que sigue siendo el lugar más pobre de la capital a pesar de ser el que más dinero ha recibido, funcionan 17 escuelas públicas, 14 centros CAIF, 12 centros juveniles y de apoyo pedagógico, nueve comedores, ocho centros culturales y de recreación, siete liceos, siete centros de formación en oficios, seis clubes de niños. Trabajan entre 15 y 20 ONG, la mayoría con fondos del Estado.

No han podido hacer casi nada por la recuperación del barrio. Y cuando han logrado algo tan esencial como abatir la deserción estudiantil o generar puestos de trabajo para sus habitantes, se ha tildado a esos proyectos de "milagros".

Pobreza como negocio
En 2005, un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), realizado por la socióloga Verónica Filardo y la arquitecta Cecilia Lombardo, reveló que la millonaria inversión volcada en la Cuenca Casavalle -por entonces cuatro millones y medio de dólares anuales, de los cuales apenas 10% eran de origen privado- no solo no mejoraba la zona sino que en cierto sentido empeoraba la perspectiva de vida de los habitantes.

Con esos datos sobre la mesa, y advirtiendo que lo que se había hecho hasta el momento había sido al menos desacertado, las autoridades del recién creado Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) anunciaban el Plan de Emergencia y el tan polémico Ingreso Ciudadano.

Seis años después, la tesis de Filardo y Lombardo sigue vigente, y el Panes tampoco pudo con el problemático Casavalle. Los mismos vecinos señalan que el "asistencialismo" y el "dar plata así nomás" no sirve.

Según un informe presentado por la Dirección Nacional de Evaluación y Monitoreo del MIDES en diciembre, la incidencia de la pobreza estructural, la inercial y la reciente en Casavalle alcanza al 62% de sus habitantes. En el resto de la capital los pobres representan el 30%.

El panorama se torna más desolador si la atención se pone en los menores de edad, que son el 34% de los pobladores del barrio y tres de cada cuatro son pobres. Además, el 80% de los niños crece en un "clima educativo bajo" (de escaso nivel formativo familiar).

Otra investigación, a cargo de la socióloga Fabiana Espínola, destaca que los jóvenes de entre 15 y 24 años que no estudian ni trabajan, ni buscan trabajo en Casavalle son el 25%, mientras que en Montevideo son en promedio 10% (ver más cifras en página 6).

Muchos de los consultados se apoyan en un argumento para explicar por qué, después de décadas de trabajo, la situación sigue igual: "La conclusión del ministerio es que tal vez no se haya logrado esa coordinación en la que estamos trabajando tanto (...) todo el gobierno está convencido de que (la coordinación) es lo que lograría un impacto mayor", opinó la titular del MIDES, Ana Vignoli.

En la misma línea, el subsecretario de esa cartera, Lauro Meléndez, consideró que "por cuestiones históricas, uno tiende a pensar que lo que se precisa es articulación y coordinación".

Meléndez, que tiene experiencia en Casavalle como asistente social, recuerda que la primera iniciativa fue la del Padre Cacho en la década de 1960 ("que decidió irse a vivir a Aparicio Saravia para trabajar desde adentro") y que después fueron surgiendo más proyectos "porque se visualizaba que era el lugar en peores condiciones".

El problema, según el jerarca, radica en que los objetivos y la financiación de cada ONG siempre fueron parciales, dificultando así la coordinación entre ellas. A su vez, "a veces pasa que uno invierte dinero en una política y otro invierte en una política parecida, y si esas dos instituciones se ponen de acuerdo para que su servicio sea complementario, hay un ahorro de dinero y una mejora de la eficiencia de la prestación".

La visión de los habitantes de Casavalle sobre las ONG suele ser más negativa. "A veces pienso que es un negocio continuar con la pobreza, y por eso no hacen nada. Otras veces trato de pensar que no funciona porque no son idóneas, porque no tienen los pies en la tierra, no conocen la realidad.

Quizás haya de las dos", piensa Alejandro Andrada, que además de vivir allí desde los nueve años, es el titular del proyecto Casavalle Digital, cuyo objetivo es rescatar la memoria e identidad del barrio. Andrada siente que el Estado ha dejado en manos de privados responsabilidades que le corresponden y que podría haber resuelto mejor.

Cada vecino tiene sus elogios y acusaciones a las distintas ONG. Algunas se ganan las críticas por ser "muy selectivas", otras por "limitadas", y varias por no aportar "lo que realmente se necesita". En el fondo prima una desconfianza generalizada porque hace años que las ven allí y sin embargo su presencia no se traduce en mejora.

En la inmensa mayoría de las calles no hay vereda ni senda ni cordón; la gente camina a escasos metros de los vehículos. Muchas son callecitas casi intransitables. Por las cunetas corren aguas servidas ya que, por más que hay saneamiento, resulta muy costoso para los habitantes pagar la conexión. La basura está dispersa en todos los espacios verdes que han quedado. No hay contenedores. Falta la infraestructura urbana más básica.

"Los vecinos se quejan de todo el dinero invertido y se quejan porque ven un negocio en la pobreza", confirma el antropólogo Eduardo Álvarez Medrosian, que ha investigado las políticas aplicadas en Casavalle y actualmente está tratando de compaginar todo su material en un libro. "Tienen un descreimiento del Estado y de la política en general", agrega.

Palabras Mágicas
En la cotidianeidad de las ONG la teoría se esfuma y aparecen, en cambio, cuestiones más prácticas.
Pablo Bartol, director de Los Pinos (instalada en Casavalle hace 14 años), rechaza que se sigan agregando instancias de coordinación: "Son palabras mágicas: articulación, guía de recursos, transversalidad.

Lo que hay que hacer son cursos de capacitación que realmente enseñen a hacer algo productivo y que estén obligados a la inserción laboral. La demanda está: las empresas están desesperadas por gente, no se precisan más leyes de empleo juvenil. Se precisa gente que sepa hacer algo", disparó.

Otro encargado de una organización, que prefirió mantener su nombre en el anonimato, coincidió con Bartol: "hace años que nos coordinamos y siempre es lo mismo: reuniones en las que se habla, se habla, nos miramos el ombligo y discutimos nuestro rol.

Cada vez que gana uno de esos proyectos de coordinación, recibe miles de dólares del Estado y no agrega nada. Que se dejen de currar y que vengan a laburar con los gurises", reclamó la fuente.

De hecho, hace años que funciona la Red de Solidaridad de la Cuenca Casavalle, de la que participan 12 ONG que se reúnen una vez por mes. Hay otras iniciativas de vinculación entre los organismos que trabajan allí, y ahora se están proyectando más.

Es que en eso radica la estrategia del Estado en Casavalle, uno de los "territorios priorizados" según afirmó la ministra del MIDES, y seguramente el que más ha concentrado la atención de la intendencia capitalina en los últimos años. Ambos organismos tienen varios programas y dependencias funcionando allí.

Casavalle también es Montevideo es el nombre del plan integral que diseñó un equipo interdisciplinario de la IM. El documento, que fue presentado a fines de 2010, intenta reunir los estudios y antecedentes de la zona, elabora un diagnóstico diferenciado por dimensión (social, territorial, ambiental y económica) y despliega una estrategia para cada una.

Se especifican los objetivos, las acciones que deberían concretarse y los actores vinculados. Por ejemplo, para la dimensión social un objetivo es el "desarrollo de programas de promoción de proyectos colectivos" y los actores que deberían concretarlo son MIDES e IM.

Para llevar a la realidad este plan (que se viene pensando desde 2008) se creó el Consejo Casavalle, con una mesa interinstitucional y cuatro colectivos de trabajo de personas que se emplean o viven en la zona: Salud, Vivienda, Trabajo y Educación. Sandra Nedov, alcaldesa del municipio D, es la persona a cargo de la organización, que reúne a unas 60 personas.

Aunque el plan recién está poniéndose en funcionamiento y en él están depositadas todas las esperanzas de este gobierno, no aparecen proyectados grandes cambios a nivel concreto.

En ese sentido, el antropólogo Álvarez Pedrosian adelantó a Qué Pasa la principal conclusión de su libro. "Mi propuesta es una política de shock: pavimentar, levantar todo, poner volquetas, hacer cordones, que no hay, ¡no hay nada! Eso debe acompañar toda política social o educativa. Requiere una gran inversión, pero hay que revitalizar el espacio público y mostrarles a los vecinos resultados tangibles", consideró.

Curiosamente, las ideas del antropólogo coinciden con las que hace seis años señalaban las investigadoras de la Cepal. En ese sentido, como en tantos otros, Casavalle permanece incambiado y el Estado no ha logrado, salvo en pequeños tramos, dignificar los espacios públicos.

Para Álvarez Pedrosian, "si se llevara a cabo una política bien definida, decidida y bien comunicada, es posible que en una década Casavalle fuera un lugar digno".

Diez años, en el mejor de los casos, faltan para que la vecina que decida barrer el frente de su casa no se encuentre con que al rato se ha ensuciado otra vez; para que, cuando salga a hacer los mandados, no tenga que esquivar la basura desperdigada; para que, cuando vaya a buscar a sus hijos a la escuela, no tenga que arriesgarse a caminar entre los autos; para que, cuando levante la vista, pueda apreciar ese lugar que a pesar de todo es geográficamente privilegiado, y ya no ver el Casavalle que parecía no tener solución.

Responsabilidad
Algunos vecinos ven con malos ojos que el Estado haya delegado tanto en las ONG.

Coordinación
Suele señalarse como la clave del problema, aunque algunos creen que ya hay.

Cuencas tienden a ser guetos
Una de las características que se suelen señalar de la Cuenca Casavalle es la de zona "encerrada" y "aislada". "Se necesitan vías de tránsito que comuniquen mejor la zona con el resto", consideró la ministra del MIDES, Ana Vignoli, y agregó: "se ha estudiado en otros países que las poblaciones que están sobre un curso de agua tienen esa tendencia a enquistarse y aislarse del resto de la sociedad".

Sandra Nedov, alcaldesa de la zona y además nacida allí, opinó algo similar: "Creemos que faltan algunos accesos, algunas aberturas, cosas urbanísticas que mejorarían la calidad de los vecinos. Calles más transitables... Es como si el barrio estuviera encerrado. Las calles son muy angostas y de balastro".

Política y error
La primera en acusar lo experimental de las políticas habitacionales aplicadas en la zona fue la investigadora de Cepal, Cecilia Lombardo, en 2005: "Casavalle ha sido un campo de experimentación de las políticas urbanas y de vivienda, tanto en el período de gran protagonismo estatal, como en el período de ausencia de la regulación territorial que -paradójicamente- han generado situaciones similares: áreas desestructuradas con infraestructuras incompletas, falta de equipamientos urbanos y dificultades en la accesibilidad a los servicios que la ciudad brinda".

Hace unos meses en entrevista con el semanario Búsqueda el subsecretario del MIDES, Lauro Meléndez, acuñó una expresión similar para señalar que la Cuenca Casavalle podría servir para identificar por qué las políticas no funcionaron allí: "banco de prueba".

En diálogo con este suplemento prefirió no reiterar dicha "expresión infeliz" ya que tiene connotaciones de "laboratorio". En términos generales el concepto es similar al de Lombardo. El antropólogo Eduardo Álvarez Pedrosian fue más allá y calificó a la zona como "depósito", en un sentido más crítico aún: "El área ha sido tomada como un depósito, una zona donde implantar diferentes tipos de espacios, según diferentes tipos de políticas habitacionales a lo largo de un devenir histórico-institucional con considerables discontinuidades".